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Reflexión esponja, Reynaldo Jiménez
Diario de Poesía, julio de 2003

RUIDO DE TIJERAS

1. Si las ideas hablan, lo que hacen es concentrarse intelectual y vitalmente en aquello mismo que las produjo. Cierto tempo del pensar produce misticismos, como algún otro puede producir escolásticas, otro, humanismos y un cuarto vanguardismos. Al pensar —de modo exclusivo, quiero decir, mucho, seguido— uno no piensa más seguramente o más profundamente: uno se limita a pensar lo que piensa cuando solamente piensa.

2. A veces los fenómenos que contemplamos parecen olvidarse de que estamos allí y empiezan a hablar entre sí. Nietzsche llamaba a eso “tener los ojos débiles”, es decir, ser incapaz de dominar y controlar el sentido con la mirada. Pero también podría llamarse a eso “tener los ojos en su sitio”, o mejor “en su justo sitio”. Entre la ingenua mirada empirista y la sabia mirada especulativa existe una mirada de intensidad óptima, una contemplación no violenta donde las cosas pueden encontrarse, relacionarse, explicarse, verificarse o enemistarse.

3. Una cosa es pensar pensamientos y otra muy distinta pensar aquello que no se convirtió todavía en pensamiento de curso legal. O mejor: una cosa es pensar pensamientos y otra pensar aquello que, convertido en pensamiento de curso legal uno se obstina en ignorar. No me refiero a ignorar la cosa, sino a ignorar el discurso ligado a ella. Quien trata lo ya colonizado por el saber y la cultura obligándose a perder el “punto de vista” se juega no las convicciones propias, sino su propia identidad. Es dejar una costa, como hizo Colón, sin saber si existe otra. O mejor: como el personaje de ese cuento de Wilcock, es comportarse como un nuevo Robinson Crusoe que cree que es posible naufragar en medio de la ciudad con sólo ignorarla y gestionar en torno de sí un sistema de insuficiencias e imperfecciones, peligros y venenos que hacen de ese entorno un terreno virgen, pasible de ser investigado, penetrado y explicado.
Esta operación puede provocar vértigo y desazón. ¡Con lo cómodo y divertido que resulta hacer pasear el pensamiento por las autopistas interiores, por la dialéctectica o el estructuralismo, por el análisis formal o la crítica de la cultura establecida, por todo aquello que Orwell denominaba “las convenciones de la Ginebra del pensamiento”.

4. Para describir el asunto de modo sucinto, Reynaldo Jiménez dibujó rigurosamente el perfil de la mirada sin dejar que nada fluctúe perezosamente entre frases e ideas preconcebidas (“doxa es eco, vaciada de experiencia como está, regida por el sampleo inacabable de conclusiones ajenas”, p. 27). Por el contrario, una de las tareas parece haber consistido en tomar esas ideas preconcebidas y forzarlas hasta demostrar su total inutilidad. Lo cual exige un esfuerzo complementario del lector. Es por eso que a veces la imprecisión de la frase se paga con la incomprensión, y por el contrario, vemos citadas y glosadas nuestras propias frases más banales escritas en esos momentos en que, como para tomar aliento, habíamos dejado de pensar. Y ahora una cita:


No ates el pensamiento a ti mismo. Déjalo que vuele por los aires. Haz como los niños: atan un escarabajo con un hilo y lo dejan volar, pero sin soltar el hilo.
Aristófanes, Las nubes


5. Casi a todos nosotros, cuando, armados de lápiz y papel, nos surge una idea, rápidamente le disparamos la frase que la fulmina. Se trata de un método bastante corriente de abatir ideas. Por el contrario, las que surgen en momentos en que no tenemos el arsenal a mano —en un paseo o en el auto— deben ser cortejadas un rato largo antes de poder encerrarlas en algún sitio —en casa o en el estudio, en el bar o en la biblioteca. Sólo cuando la idea nos agarra desarmados y crece sola en la cabeza llega a adquirir suficiente cuerpo como para resistir la “puesta en letra”. El tema es que, acuciados por la mala prensa de las técnicas mnemotécnicas, si dejamos volar demasiado a la idea después nos resulta imposible rehacer el camino, retomar el hilo. A veces vuela tanto que al final no nos acordamos de ella. Hoy cualquiera podría, como Samuel Taylor Coleridge, retirarse a una granja, dormir, soñar un poema de casi trescientos versos, despertarse y transcribir apenas cincuenta y tantos. El fragmento lírico Kubla Khan (Borges habla de esto en Otras Inquisiciones) de algún modo nos redime una falencia que haría morirse de risa a Cicerón o a Pedro de Ravena: somos incapaces de recordar. Hemos bloqueado la memoria, que ha pasado a ser, incluso, un síntoma evidente de una velada estupidez ejemplar.
La idea era buena, y estamos seguros de que nunca volverá. Las ideas, cuánto mejores son —es decir, cuando más se parecen a las escritas por otro—, más rápido vuelan y más rápidamente se escurren. Sólo las estúpidas y recurrentes ideas familiares, las ideas que se nos parecen demasiado, son fieles y vuelven a nosotros. Se alejan, una y otra vez, pero siempre vuelven. De ahí que lo que conviene es ser fieles a las ideas que nos son más infieles.

6. Es cierto que lo que pensamos no se deja ver, pero no menos cierto es que lo que vemos tampoco se deja pensar. De modo que reflexionar sobre el ver más que una tarea se parece a un calvario. Hay que ser buen gimnasta y sobre todo no fumar. Hace falta ser buen gimnasta para sobrevivir y tolerar con los cartílagos intactos las necesarias flexiones y contorsiones, y hace falta no fumar para no llenar con gestos ese vacío en el cual —supongo— el pensar y el ver consiguen por fin unirse, en un punto detrás o en el centro de la cabeza, en posición invertida, siempre en foco.

7. Luego está el modo de escribir. No vale la pena inventariar aquí los distintos métodos y prácticas, que van desde la escritura automática hasta la simple trascripción del poema soñado, dictado por “otro”. Hay gente que “:piensa” escribiendo, o mejor, que consigue liberar los condicionamientos establecidos desde hace siglos para conseguir que sea la mano la que, de algún modo, piense. Se trata de una escritura in progress, en la que el que escribe no sabe, no tiene idea —“ni la más pálida idea”— de la palabra que vendrá después. Y es que las palabras a veces se escapan, como los gritos. La función del poeta consiste también en eso, en encauzar esa pulsión nefasta que consiste en transcribir el fluir de un pensamiento pesado, transparente o críptico, no importa, pero que, en cualquier caso, en virtud de su estado en bruto, puede suscitar el mismo interés que un pedazo de carne fría. Nada de eso. De lo que se trata en Reflexión esponja es de un pensar que se hace a sí mismo, en el sentido que sin su escritura éste tendría menos existencia que el mero libro; porque la idea se gesta en la escritura misma, y rápidamente procrea ideas nuevas, que al ser escritas... Y ahora otra cita:


De las frases que aquí escribo, sólo una que otra hará algún progreso; las otras son como el ruido de las tijeras del peluquero que debe mantenerlas en movimiento para hacer con ellas un corte en el momento preciso.
Ludwig Wittgenstein, Observaciones


8. Dice Jiménez: “La palabra tiene y no tiene la última palabra. Tiene y no tiene sombra. Así como protege de la intemperie, en los momentos necesarios, o, de igual modo, tiende al encuentro de reconocimiento con la pira en la espiral, la palabra, quién lo ignora, da vida o la quita” (p. 13). Suponemos que una cierta palabra elegida por el autor entre todas las que tenía a su disposición —lo cual trae consigo cierta noción de “comodidad”— tiene el sentido que el autor quiso darle. No existe insensatez mayor en el mundo de las letras. ¡Qué idea, que las palabras tengan un sentido! Basta darle cualquier sentido a una palabra para que ese mismo sentido desaparezca de inmediato. Y si alguien no pretende darles un sentido, la situación sólo tendrá una cosa de buena, y es que evitará la inútil pérdida de tiempo que significa acompañar al sentido a la puerta, comos e hace con los borrachos molestos o los clientes insolventes. Llegados a este punto queda claro que las palabra no son antropocéntricas, no “quieren decir” nada, no tienen nada que decir. Son inútiles. Pero las palabras no conocen el error. Si una palabra resulta “equivocada”, el texto se adecua inmediatamente a ella.

9. El mero título carga con falsas reminiscencias pongianas (esponja-éponge): nada hay menos pongiano que este libro, en el que la reflexión carece por completo de la inocencia, del infantilismo juguetón de la mirada de Ponge. Jiménez indaga como un espeleólogo el ojo y la mirada (la mirada-aduana, la mirada-mirilla) y todo lo que de un modo u otro está “atado” a ellos: la imagen, la transparencia, la oscuridad, el espejo, el icono. Pero sobre todo Reflexión esponja es un libro sobre el pensar, una biografía del pensar.